Hacía 25 años que habían asesinado al Che en Bolivia y yo pasaba dos días de los 20. Llevaba varios enfrascado en conocer esa historia y todo lo que rodeaba a un ser excepcional. Me bebía sus biografías y respiraba revolución. Soy lo que soy, en gran parte, por mi padre, ya lo canto en “Respirar a la izquierda” y ese día de finales de 1992 iba con él en el coche hablando del Che. Aún tengo grabado en la memoria el momento preciso en que mi padre tuvo que dejar de hablar porque la emoción se le atragantó enmudeciendo las palabras “un hombre extraordinario”, justo ahí, no pudo terminar de decirlo. Se hizo un silencio, como si pasara un ángel, que en cierto modo pasó. No recuerdo muy bien lo que vino después, pero sí que ese momento se me quedó grabado para siempre.

Casi 8 años después visité La Habana por primera vez, con la Brigada Andaluza de Solidaridad con Cuba, llevaba un par de intentos frustrados previamente y ese mes de Agosto se hizo realidad. Pasear por el malecón es lo primero que hice cuando llegué, lo segundo, a la mañana siguiente, visitar San Antonio de los Baños y el río Ariguanabo, no porque mi profesión me llevara a la afamada Escuela de Cine, que también conocí, sino porque, desde unos años antes, me abrazaba a una guitarra y me alimentaba el alma con las canciones de quien “es de donde hay un río, de la punta de una loma”. Amaneció el tercer día en La Habana, agarré el teléfono y llamé a Ojalá, hablé con Lucy y me cité con ella. Él estaba fuera del país, pero ella hizo de anfitriona grande y me recibió con los brazos abiertos, me hizo las fotos que alimentan la memoria en cada rincón de aquel lugar donde nace la magia y yo dejé mi primer disco con la esperanza de que él lo escucharía. Tres años después volví a La Habana, él entonces sí estaba allí, pero me cuesta mucho invadir espacios ajenos sin ser invitado, me fuí sin verle. Tampoco a Lucy. No quería comprometer.

El festival de la guitarra de Córdoba fué la siguiente parada. Año 2005, julio. Varias fueron las veces que me asomé a la prueba de sonido desde el muro del Alcázar aquella tarde, discreto, sin pretensión alguna. Y allí estaba él con su sombrero blanco, preparando con mimo el deleite posterior de miles de seres humanos. Así de simple, así de verdad.

Daniela tenía tres meses y el concierto fué tan largo que tuvimos que irnos sin terminar. Era mi primera vez. Y tuve que irme. Ya se sabe las obligaciones que trae la paternidad, aunque ganan por goleada los beneficios, sin atisbo de duda.

Sólo un año después, 2006, el escenario fue Sevilla, nunca antes estuvo tan cerca de mi hogar físico mi hogar musical. Daniela caminaba hacia los dos años y allí nos plantamos los tres, esta vez disfrutando hasta el último sorbo. Tampoco intenté verle. Ese soy yo.

El pasado año estuvo Vicente con Aurora en mi casa, su hermano de vida, hace mucho que le conozco y les tengo en un rincón del corazón a él y su familia. Compartimos anécdotas y canciones. Se hizo realidad parte de un sueño fraguado cuando en 1998 organicé aquel Cuba :Va con canciones de los dos en homenaje al 40 aniversario de la Revolución. El resto del sueño parecía ya imposible. No era fácil volver a La Habana, aún teniendo, honrado me siento, la casa de Aurora y Vicente como glorioso destino. No lo descarto aún.

Habían pasado años y canciones. Había hecho Desaprendiendo. Mi sueño era grabar con Vicente y con él. Otra vez más sólo cumplí la mitad del sueño. Vicente cantó conmigo, lo demás no lo creí posible. Llegó PuroSilvio. Y pasaron más años y más canciones. Y llegó Amoríos. Y él cruzó el charco Atlántico de nuevo cuando casi no quedaban esperanzas. Yo sabía que conocía los inicios de nuestro proyecto, también sabía que él no identificaba en mí a aquel que intentó conocerle casi 16 años antes y nunca más. Le escribí a Lucy, volví a navegar por Segunda Cita, ese rincón de la red tan especial que había visitado discretamente tantas veces antes. Lucy fué tan cariñosa conmigo como siempre y se puso en el empeño de cambiar juntos el curso de nuestra historia. Yo no sabía insistir, pero tampoco quería dejar pasar la oportunidad. Él debía conocer de primera mano el proyecto, saber que no consistía sólo en cantar sus canciones y disfrutar de los halagos, en cierto modo, robados sin querer, a su grandioso legado puesto en mi voz y en las manos de mi compañero. Al fin y al cabo, es eso, yo sólo pongo la voz, aunque con el corazón en la garganta.

A comienzos del mes de marzo recibí un correo. Él me escribía disculpándose porque la gira le impediría recibirme para conocer el proyecto. Sentía decepcionarme decía. Sin saber que ese sencillo gesto, tantas veces deseado, lo hacía gigante. Agradeciendo mis “gentilezas y talentos” me quería invitar al concierto de Córdoba junto a mi familia. Me prometió un “muy modesto obsequio” que traería para mí y, más tarde, que nos veríamos tras el concierto.

Imagino que no imagina lo que supuso eso. Yo que había esperado tantas veces referencia alguna a los discos que con tanto mimo le hice llegar, a la canción que hice cuando en 2005 tuve que irme de aquel concierto, “Poeta mayor”, a la campaña solidaria de mi último disco y su foto….cuando llegó lo importante, allí estuvo. Un simple gesto lo definió otra vez.

Un paquete con su discografía completa voló con él desde La Habana para mí. Ese era el “modesto obsequio”. Un recuerdo de su puño y letra dedicado a mi familia y un derroche de generosidad sin parangón.

Llegó el concierto, nos erizó la piel, derramamos lágrimas y nos quedamos sin palabras. Nada nuevo. Algo sublime. Lo que corresponde a un genio universal.

Luego fuimos a verle y es ahí donde las palabras no me alcanzan. Su acercamiento a mi familia, su empeño en dar a cada cuál su lugar y hacerlo sentir importante. Mi compañera, Irene, con lágrimas en los ojos, le daba las gracias por buscar siempre la belleza y hacérnosla sentir. Él escuchaba con atención cada palabra y cada gesto como si fuera lo único importante en ese instante vital, como si fuera la primera vez que alguien le daba las gracias. Daniela, once años después, venciendo su timidez, se lanzó a decirle cuánto había disfrutado el concierto y en ese momento sólo tuvo ojos y oídos para ella. Lucas se acercó temeroso y le dió tremendo abrazo. Una fotografía que él nos propuso llenará un lugar importante de nuestro hogar, como ese momento vivido alimentará nuestra existencia. En ella él posa su mano sobre Marcos, que con tres años, no resistió despierto al inolvidable encuentro. Hablamos entre iguales. Mirándonos a los ojos. A la misma altura. Nos dimos un abrazo, necesario. Nos despidió diciendo “gracias, gracias” con sus dos manos en el pecho y acompañando nuestra salida con su mirada.

Su modestia, su sencillez, su honestidad, su humanidad nos cautivó.

En 1968 Fidel proclamó el lema de los pioneros “Seremos como el Che”, para que los niños cubanos vivieran siempre buscando la excelencia como seres humanos. Él tenía entonces 22 años. No sé si por entonces ya lo había conseguido, pero estoy seguro de que ahora sí.

El artista, el genio, me conquistó cuando escuché Mujeres hace más de 20 años. El ser humano me conquistó anoche. Hoy tengo la certeza de que volveré a verle. No sé cómo ni cuando, pero volveré a verle.

Y en este segundo de mi existencia quiero gritar, recordando aquel octubre de 1992, cuando tenía 20 años y dos días, antes de que la emoción se lleve mi voz, como lo hizo con la de mi padre hablando del Che: PAPÁ, AYER ABRACÉ A UN HOMBRE EXTRAORDINARIO, SILVIO RODRÍGUEZ DOMÍNGUEZ.

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